Iribarren: las confesiones de un poeta

El pasado verano conocí –gracias, querido primo, por presentármelo– a un hombre excepcional. «Lo que veo me habla, y lo escribo» (p. 130), nos dice en su Diario de K, un compendio de aforismos, de pequeñas frases sugerentes. Así descritas, podría el lector pensar que me refiero a las famosas greguerías de Gómez de la Serna, como “La jirafa es una grúa que come hierba” o “Las alpargatas tempraneras pasan dando bofetadas al suelo”. El mismo escritor vanguardista las describió como una mezcla de metáfora y humor. No es el caso. K tiene la misteriosa capacidad de salvar las cosas que ve poniendo los temas que trata en relación con las corrientes elementales de su espíritu –en términos de Ortega–. Para mi nuevo amigo, la realidad es un mundo apasionante, infinito, un lugar que no ceja en el empeño de conversar con nosotros. «A los que carecemos de imaginación, solo nos queda la vida diaria pasando; es decir: un filón inagotable» (p. 33). La realidad descrita como un filón inagotable… menuda preciosidad.

«A los que carecemos de imaginación, solo nos queda la vida diaria pasando; es decir: un filón inagotable».

            Ya desde el principio de la semana inicia su diálogo personal: «Los lunes van al grano, te dicen lo que hay, sin tonterías» (p. 68). Hace años, una alumna nos confesaba que no entendía por qué unos cuantos profesores llegábamos contentos al colegio los lunes por la mañana; ella contaba que sus padres salían de casa desanimados, casi derrotados. Los lunes, ciertamente, dicen lo que hay nada más ponernos en marcha. Y claro, la tentación en estos casos es evidente: rebajar nuestro afán, recortar el corazón, como diría mi mujer. «La sabiduría consiste en desear menos cada día», pero el mismo autor se sincera: «por eso es tan difícil de conseguir» (p. 65). Así que… nada de recortes, porque «el deseo es crónico» (p. 73). ¡Tremendo!

«La sabiduría consiste en desear menos cada día», pero el mismo autor se sincera: «por eso es tan difícil de conseguir».

            En K se da, como vemos, una contradicción fascinante: por un lado, parece comunicar cierto escepticismo: «Cuando me topo con pétalos de rosa y granos de arroz desperdigados por la acera frente a una iglesia o un juzgado, suelo sentir pequeños accesos de ternura ante tanta ingenuidad» (p. 96), pensamiento que resume en otra parte del diario con palabras durísimas: «Siempre y Nunca, vaya par de mentirosos» (p. 114). Pero por otro lado, no se queda tranquilo ante esta supuesta “ingenuidad”. «Envidio a los que tienen ganas de vivir todos los días, pero no puedo comprenderlos» (p. 150). Prueba con distintos enfoques, aunque ninguno consigue hacerle respirar: no le basta achicar el alma, tampoco juzgar de ilusos a los que esperan que algo dure, pero mantiene la pregunta abierta. Eso sí, sin engañarse ni un segundo con satisfacciones baratas. «Cuántas alegrías veo por ahí por las que no cambiaría ni loco mi tristeza» (p. 123). ¿Y el racionalismo? ¿Podría desenredar el embrollo? Basta ya de escuchar esa maldita voz que nos reclama al horizonte, ¿no? Lo que veo es lo que hay, y punto. Sin complicaciones. A esta posibilidad responde él mismo de forma genial: «Para Henry Gibbaus, un sabio americano, un beso es “la yuxtaposición atómica de dos músculos orbiculares en estado de contracción”. Imposible no acordarse –con algo parecido a la solidaridad– de la mujer del famoso sabio» (p. 144). ¿Y “remediar” la condición humana? «La herida se ha cerrado definitivamente. Ya no te duele. ¿Qué te pasa, no era eso lo que querías?» (p. 69). Nada. Parece que tampoco van por ahí los tiros. Es más, K responde al pensador americano con una sencilla poesía de dos versos: «Tristes besos / si salimos ilesos» (p. 78).

«Envidio a los que tienen ganas de vivir todos los días, pero no puedo comprenderlos».

            Solo nos queda entonces que suceda algo extraño, imprevisto, intelectualmente inaferrable pero profundamente razonable. «Después de la pasión desenfrenada, el remanso de la ternura. Después únicamente la costumbre, después nada. Esta suele ser la secuencia, con envidiables excepciones» (p. 39). Ay esas excepciones… Mi amigo –aunque no nos hayamos visto todavía–, el autor del diario, se llama Karmelo C. Iribarren, un poeta español nacido en San Sebastián en el año 1959. «Soy un grito mudo hecho añicos esparcidos por las páginas…» (p. 167). Un grito que, probablemente, se haya encontrado durante su vida con alguna que otra envidiable excepción. Y a esta se refiere en el último aforismo que cito: «Desde ti, cómo se verá el mundo» (p. 54).

3 comentarios en “Iribarren: las confesiones de un poeta”

  1. Después de haber leído el texto me gustaría destacar dos frases:

    “Los lunes, ciertamente, dicen lo que hay nada más ponernos en marcha.” No creo que sean los “lunes” los que te dicen qué es lo que se viene por delante, tampoco creo que sea el levantarte de la cama lo que te dice que es lo que se te viene por delante, lo que creo que te avisa qué es lo que realmente te viene por delante es la experiencia que has vivido, y con experiencia me refiero a que cuando tú afrontas los problemas que vas a tener la “experiencia” de haberlo hecho antes y ver que no funciona es realmente lo que te avisa qué es lo que se te viene por delante.

    “Cuántas alegrías veo por ahí por las que no cambiaría ni loco mi tristeza.” Esta frase, bajo mi punto de vista, es la bomba. Muchas veces es muy fácil coger el camino más fácil, el que no te va a hacer trabajar ni esforzarte por lo que quieres y acabas pasando del tema y así te ahorras unos cuantos problemas. Este señor, por mucho que odie su tristeza y la gente que le rodea esta llena de felicidad, él sabe que si cambiase su tristeza por cualquier felicidad que tiene alguien de los que le rodean, el nunca llegaría a ser feliz si no afronta y supera sus problemas.

  2. ¡Gracias por el comentario! Aunque no sale tu nombre… Lo de los lunes, creo, se refiere a que al ser el inicio de la semana, el inicio del esfuerzo por el trabajo o el estudio, de repente te das cuenta de si hay un motivo bueno para empezar o no. ¡Gracias de nuevo!

  3. Carolina López

    Me parece espectacular como Iribarren en cada uno de sus poemas nos hace ver el proceso de el encuentro con alguien en el cual encuentras algo que tú no tienes, algo que despierta algo nuevo en el corazón que te exige vivir aquello que el otro está viviendo porque está la altura de lo que deseas. Sobre todo como muestra en cada poema como el corazón se convierte en el mayor instrumento para vivir cada día como algo grande, incluso en la tristeza y el dolor, aunque aún no termine de comprender cómo, se muestra a través de este fragmento «La herida se ha cerrado definitivamente. Ya no te duele. ¿Qué te pasa, no era eso lo que querías?» Apagar este deseo, esa tristeza, muchas veces va acompañado de vacío, porque la tristeza te hace estar expectante, en espera y cuando el corazón se apaga puedes llegar a echar en falta lo que antes querías que se esfumara, porque cuando está despierto nuestro corazón no es que hable sino que grita, precisamente porque está todo en juego, nuestra felicidad, nuestra vida. Iribarren en la última frase que has puesto suya Desde ti, cómo se verá el mundo» (p. 54). Muestra una humanidad y un corazón vivo que percibe personas que no viven así sino siendo fieles a todo esto. Me conmueve enormemente su forma de mirar y de vivir

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